Words In Grey

Ñé

SESENTA Y CUATRO

Dios vino, y me llamó, y me habló, y yo callé.
¡Duerme y despierta mujer!
Dios miraba, y yo callaba. Por los afluentes de mis lágrimas
yo leo tu amor.

Tú no me conoces y sé de tu embriaguez,
Sé que sientes, nada sabes tú de mí.
Nacen ríos al quererme, por los cuales navego a sus torrentes
con remeros de plata azul.
Arrancas el aire espeso escarpado de tus dientes,
de luz.
Con nuestras lenguas de fuego soy.
Nada sabes tú, solo la hez de mi pesadumbre,
solo a ti guardo este hueco, solo el néctar de tu adiós,
solo la cresta de nuestros mediodías.
Yo quiero besarte toda, eso tú sí lo sabes bien,
pero no asumes tu culpabilidad, todavía.

Una corona blanca sujeta la testa que tupe mi deslucida sabiduría,
el águila me ha traído un mensaje: el único defecto de tu armonía.

No estás, y son tus mejores años,
te vas, anclando noches de vértigo gris,
los años rompes, inexplorados
los acusas de tu vagar sin nombre, sin vivir.

Tu sonrisa dulce era el recinto de mis silencios,
tu caricia dulce era el grito filósofo de los cielos.
Tus miradas dulces eran las cartas que soñaba sin dormir.

Antes eras estrellas en mi túnel tenebroso, en el faro afilado de mi lobreguez,
Hoy no, ya nunca más volverás a serlo porque tú no quieres, en amorosa delgadez.

‘SIXTEEN’, 3 de enero de 2003, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

SESENTA Y TRES

Iba criando promesas, en el fondo de mi bodega,
el pífano celular arrullaba.
Amor infantil ciego y pecador, dejando almas solteras,
mi tímida voz callaba.
He sabido de ti que tu amistad, vale todo tu tiempo,
que reverdece así tu risa.
¿Para qué estoy yo, iluso peregrino del viento?
para esgrimirme aprisa…
El espíritu de la mañana, te fue a buscar lejano,
y dijo que no te vio.
Un poeta amigo mío, me susurró un cantar gitano,
me rompiste el corazón.
Caballitos de madera y cascabeles de roca resuenan,
en el mármol de mi piel.
No me quieres demasiado, si de ser así eso fuera…
sería oso bañado en miel.
No me quieres, eres demasiado joven para quererme,
tus cabellos bostezan al sol.
La muralla inocente, ¡oh muros de pasión luciente,
carcomidos por leyendas de amor!
Paloma que cae de atardecido, ayer brillabas más,
disipabas mis eternas nebulosas.
En la hora del ocaso, que fiel todos los días está,
me hallarás posado entre rosas.
El verdadero llanto cárdeno repite y repite salmos,
me abandonas en mi laberinto.
No me conoces, no tienes tanta suerte, no nos damos,
cuanto debiéramos delito.
Eran de luz y siniestras, con aroma de esperanza,
eran las fragancia vuestras.
Como a ti los besos suaves, era una macabra danza,
vuestras canciones maestras.
Al mar le arranqué sus perlas, pues de serlas, yo te las doy,
era caballero de espada oxidada.
Movían sonora alabanza, como la vida del recién nacido, voy
ciego lector de pluma estilizada.

‘FIFTEEN’, 2 de enero de 2003, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

SESENTA Y DOS

Dime tú, oscuridad, que me sigues allá donde voy,
dime si te hace gracia esta jugarreta
falsa y traicionera,
la mentira más verdadera, como una ramera.

Grito al grito y dime si no es cierto,
dime si merezco esto
que una elogio no tiene la respuesta
que soy un marinero vagabundo
y a nadie pregunté nunca que puerto sería el mío.
En el tren del silencio viajan mis celos,
sobre la vía de tu falsedad, el disfraz del payaso,
la quimera del poeta soñador pinté en ti
y la pinté con colores equívocos y borrosos.

¿A dónde vas cuando de vas?
Me cuestiono todo, es más, lo dudo
y grito,
grito desmesuradamente al vacío de mi podredumbre.

Tú que tienes la respuesta y no quieres dármela,
tú que insertas falsas esperanzas en el espejo de mi bomba
en mi benevolencia…
¿Por qué? “Un mar de lunas en el reloj de los infiernos”.

Mi llanto te provoca risa rizada
pero ya veremos quien ríe el último
porque yo aún estoy vivo y seguiré,
aunque solo sea para una mísera venganza
por un pequeño enfado, por una traición.

Que mil ojalás deseo y ojalá llegases a ser todos los días
como la primera vez que nos conocimos…
¿Alguna vez has odiado tú a alguien?
Yo hoy sí, pero nada ha terminado,
pues todavía cuesta separar este aguijón que intento desclavarme
por tu culpable mocedad callada.

‘FOURTEEN’, 1 de enero de 2003, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

SESENTA Y UNO

En mayúsculas mi soledad:
como en un pintoresco carnaval de bullicio
ensordecedor, pero que no comunica nada de sentido ni valor.

Mi verso más austero existiría en una descripción literal de ti,
solo así sería sincero completamente.
Hay hierbas que matan y hierbas que curan
pero todas ellas son hierbas;
el mal leñador no hace distinción de qué tronco cortar
el bueno selecciona con minucioso cuidado la madera que se llevará.

Cuando callan las trompetas comienza la guerra,
cuando tú callas siento una elusiva confusión
te noto tan lejana que parece que me mientes
engañando mis besos, y eso no es bueno.

Me alegra tu consuelo, como abrazos de hiedra enredada en mi cuerpo
ahondando hasta un espíritu lleno de cicatrices.
Allí te guardo y siempre espero una nueva cita
allí no se hace tarde nunca porque siempre es de noche.

Zarandeando libros de pastas gastadas
vierto fantasías sobre tu desnuda materia voluminosa
allí nace el horizonte donde ignoro los motivos de mis arrugas,
allí una noria quebranta pétalos de flores eternas
y solo en mi largo viaje amainará la tormenta
que tantas veces escupió cascabeles líquidos al cielo.

Nuevamente, allí pienso en una última posibilidad de alegría.

‘THIRTEEN’, 31 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

SESENTA

¿Puede un pintor pintar mi tristeza?
¿Puede Dios imaginar mi dolor?
¿Puede un mudo gritar al cielo su desgraciado defecto?
¿Puede el ciego observar como lloro cuando le hablo de mi aflicción
y así sentir la agonía que aprieta dentro ahogándome?
Un amargo tormento que ni el vinagre más puro
corriendo por el paladar más sensible.

¿Puede la Luna alumbrar su propia sombra?
¿Es noble el que solloza o finge su daño teñido de lágrimas?
¿Puede un cantante interpretar esta letra
o un músico tocar la sonata de la despedida final?
¿Puede ponerse en mi lugar o acaso no se enfrentará por la cobardía
que tantos otros sintieron al verme y no dieron consuelo?
¿Pueden estos muros apresarme con su magnEfencia
o la esperanza es tan ajena que ya no creen ni ellos?

¿Es real este dolor,
o es falso
como el beso de Judas,
igual que el que me das tú a veces
encerrándome en un ataúd como lecho de muerte?

¿Quieres tal vez vestir de luto el lienzo que te otorgué en mi majadería
en palabras de amor, como notas ofuscas
que ningún instrumento fue capaz de tocar?

¿Quieres que muera,
o quieres burlarte mientras vivo en una muerte confundida?

‘TWELVE’, 30 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA Y NUEVE

Hoy he visto como el cauce del reino
es más hondo que el collado de la muerte.
No aprecian al poeta pero aprecian su poesía
en la quietud está su constancia
y prevalece de vanidades impresas en aves de paja.

Botaba una sinfonía en mi corazón
por una pequeña princesa,
en mi dermis sembraste una frágil flor
y por mis venas licuaba inocencia.

No es más ni el que hace ni el que dice
sino el que siente,
en el alma que perdura
está lo bello que los demás jamás ven –
allí sufre hasta enloquecer sus pensamientos,
el recuerdo fotógrafo lo ciega
en una mente virgen y llena de lozanía.

Quién pronuncia el nombre del poeta
espera una respuesta, pero su necedad es inconmensurable…
Cuanto más alta es la risa más falsa es la tristeza,
cuanto más grande es el sufrimiento, también mayor es la felicidad.

Hoy he visto como apresa la sucia belleza
que nunca limpia sus rincones llenos de mugrienta mentira y olvidada verdad,
como dioses de porcelana.

‘ELEVEN’, 29 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA Y OCHO

El personal tenía reservadas diez plazas en la planta tres del parking. Mi Toyota negro perla era el único a esas horas; solía quedarme activando las alarmas. Mientras sacaba las llaves del bolsillo, un todoterreno rugía detrás de mí. Aparcó cómodamente y bajaron de él dos tipos vestidos de camuflaje. Los dos portaba armas y era imposible reconocerles el rostro con las medias oscuras que les tapaban la cabeza. Hablaban aceleradamente de un robo, con timbre adolescente y evidente nerviosismo. Tardaron en verme, tan ensimismados en sus planes, y uno miró al otro haciendo una mueca cómplice. Se separaron unos grados y el de la izquierda, algo más alto y fornido, inclinó el codo buscando la cartuchera donde tenía enfundada una pistola semiautomática con el silenciador enroscado. El primer disparo resonó lacerante por toda aquella cueva de hormigón con un estruendoso eco; apenas advirtió el compañero el tiro y antes de alcanzar a desenfundar, el duelo se resolvió con otro disparo en el pecho para él. Un coche lánguido tapaba los dos cuerpos inertes recién caídos sobre el asfalto; antes no le hubiese prestado atención. Me aproximé como un cazador para verificar el estado cuando de pronto comprobé que no había nada. Ni rastro de sangre salpicada o cuerpo alguno y mucho menos marcas de pólvora en la calzada. Como si nunca hubiese sucedido. Yo lo había visto con mis propios ojos. Entonces me percaté de un zumbido idéntico al anterior, un vehículo de igual condición aparcaba en la misma plaza, ahora desierta y dispuesta para ser ocupada. Del todoterreno gemelo bajaron dos tipos que bien podrían ser clones de los anteriores. Se sucedían las mismas palabras en la conversación. Yo me había parapetado en la berlina vieja que encontré de modo que no advertían mi presencia. Agazapado escuché durante un rato sus planes, esta vez más allá de la primera incursión: matarían a quien encontraran a su paso hasta la caja fuerte del piso ocho, donde una simple contraseña electrónica les daría todos los archivos, cuentas y planes de la empresa que hace dieciséis años me contrató, además de un suculento botín entre sellos, cartas y algunas acciones en bonos canjeables. Conocían muchos entresijos de la empresa y alcancé a oír algún nombre conocido; tal vez eran antiguos trabajadores o incluso peor, actuales empleados. Esta vez avisé: “arriba las manos, ríndanse pacíficamente y no entremos en mayores”. Sin dilación, como presumí, hurgaron con el índice sobre la hebilla de sus cartucheras y con agilidad felina desenfundaron las armas. En un parpadeo ya estaban muertos. Un tiro en la cabeza para uno y dos en el pecho para otro. Para ser exactos el último disparo se elevó con la cadencia hasta la tráquea, casi atravesando la nuez y marcando un agujero humeante. Poseo licencia de armas desde hace más de veinte años e instinto de supervivencia desde hace cuarenta. Esos rufianes dieron buena cuenta de sus argucias. Pero antes de saborear la victoria escuché el rumor de otro coche sorteando el alto de velocidad desde la boca del parking. Tenía el mismo color, estructura y diría hasta matrícula que el anterior. Cuando giré la vista a los cadáveres, estos ya no estaban, ni ellos ni sus armas, ni rastro del accidente. El todoterreno aparcó con vehemencia y yo no entendía nada. ¿Qué coño estaba pasando aquella noche? ¿Un bucle temporal, una pesadilla sin conclusión? Casi inconscientemente miré mi reloj y vi que todo estaba bien; la una y cuarto de la madrugada, avanzando hacia delante. Del todoterreno bajaron las mismas botas de caucho añejo, los mismos pantalones militares, la media negra aplastando la cara. Esta vez no tenía cobertura, expuesto completamente saqué el ’38 special de la compañía y apunté a sus cabezas. Esta vez guardaron silencio y uno de ellos dio un respingo. Mis manos ya no eran tan firmes. Llevé el dedo al gatillo, pero nada. Un eco sordo como de rama seca, como un juguete de plástico. El percutor no accionó el muelle. No quedaban balas. Ante aquella vergonzosa escena, el bajito comenzó a disparar dejándome el pecho como un colador. Pude sentir cómo las balas cauterizaban la piel, se abrían paso entre el músculo convirtiéndolo en un amasijo aplastado, en una pulpa sanguinolenta. Algunas salían por la espalda y ardían como antorchas. Pude escuchar el silbido de las que no encontraban su destino, golpeando contra la pared o el tintineo de la columna de acero pintada una semana antes. Caí sin fuerzas en lo que calculo fueron dos o tres segundos. Primero las rodillas y después el costado, por último la cabeza. Uno de ellos me dio un puntapié en la espinilla, como para cerciorarse. El otro escudriñaba mi mirada absorta. Con sus guantes ásperos me arrebató el revolver de la mano y husmeó entre la cazadora hasta dar con mi tarjeta identificadora, las llaves de la puerta principal y alguna foto de familia. Tiraron lo que no les valía con absoluto desprecio y se marcharon a por su codiciado saqueo.

‘El Aparcamiento Fractal’, publicado en exclusiva para el blog literario ‘Words In Grey‘ y violando las normas del mismo.

CINCUENTA Y SIETE

Ayer sentí que me acostaba contigo
te sentí en mi piel caliente y tu voz dormía cercana;
estuviste mirándome toda la noche hasta que recayeron mis párpados
sepultando las pupilas. Vi tus pulgares bajo los míos…

Y durante toda la noche pude oler tu sudor, y sentirlo.

Para cuando te vayas ya no escribiré
cuando ya no estés castigaré mis versos
porque sin ti no valen nada. Reprobaré mi mayor valor
lo que me ha hecho seguir viviendo, lo que me hizo conocerte
lo que me enseñó a amar, lo desterraré de mi alma…
sin ti perezco como piedras en el fondo del océano.

Imagina que cabalga la tristeza sobre tus labios
imagina que yo la apreso en una perla escarlata de saliva,
que llega hasta mi lagrimal.

Décimo es este poema y no definitivo ni final
el final lo ponen tus palabras hablándome,
tú decides si seguir queriéndome o no
la suprema y celestial verdad del amor
como un evangelio.

Me entrego a ti como un cordero llevado al matadero
porque tú me posees, dueña de glaucos ojos
sinónimo de esperanza, de obscenidad y de la profundidad de los océanos
donde descansa la roca de tierno musgo
como tu fragilidad de vidrio y ternura virginal.

Hoy te amo más que nunca niña mía.

Hasta siempre querida.

‘TEN’, 28 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA Y SEIS

He escrito mucho sobre tu risa y mi llanto
no pensaba que las estrellas brillaran tan poco,
fui leñador del alma, tú el pilar de mis muros,
caídos en la ruina de la soledad y la locura.

Cuando te ausentas siento perder la fe
las montañas no repiten el eco de tu flexible voz,
y otra cálida brisa deshiela los largos ríos
es tu caricia, es sentirte en mi gris corazón.

Fui capaz de estrujar nubes y regalarte lluvia
dunas u olas… pero conmigo danzaron ciegas,
mi calavera de pensamientos retiene dolores
y solo sufro de miedo por perderte entre la muchedumbre.

Eres un bebé, déjame cuidarte con mi música
déjame darte las gracias por espantar mi congoja,
aunque cante en la cubierta, soy un marine errante
un guerrero de la libertad que tú a veces me robas.

Sentir tu pecho con el mío acompasados y sumisos
es frecuentar con escudo y espada la Gran Batalla,
protegido, con espada de flores y escudo de empeño
cortando palabras de confianza y respeto
sobre la rutina de las telarañas, y aleteando polillas
en un campanario de amor desbocado.

Rosa mía ven y escucha un secreto íntimo:
el amor es agridulce y no todos saben saborearlo,
si consigues aprender esto, este horizontal mundo
descubrirás un cariño eterno pero juvenil, en mi regazo.

‘NINE’, 27 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA Y CINCO

Superfluas soledades.
Mi sinrazón ha hecho ser lo que soy, un efímero romántico.
Carácter fugaz en unas carnes trémulas eres tú,
cuando estás conmigo se aleja la penumbra
se marcha mi rúbeo lamento.
Cuando estás conmigo el invierno es menos gélido.

La muerte me conoce,
sufriendo por desatender a las personas más queridas,
la muerte lleva al Leteo sus víctimas,
como te lleva hoy a ti con ironía.
La flecha de mi arco zumbó en espiral hasta acercarse al Infierno.
Te estuvo buscando toda la noche,
pero no te vio.
Solo gris amargura…

Árboles altos quejumbran cerca de tu espeso pelo,
suave como sedas; unamos las manos
acurruquémoslas como la pájara a las crías de sus nidos
como el pastor a su rebaño,
como acuna el borracho a su botella.

No llores porque me harás llorar a mí también. Aprende a reír.
No dejes que tus lágrimas tapen unos ojos
cegándolos del amor verdadero y natural.

Las redes solo pueden recoger peces, no agua
mis dedos no te alcanzan, tu escudo de piedra te retiene
como enjaulándote en un habitación sin puerta.
Estés donde estés, viva o muerta,
deja que mi pluma te escriba
desde esta cósmica esfera donde se desentierra nuestro frenesí.

‘EIGHT’, 26 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA Y CUATRO

Todo lo llenas, todo.
Hasta mi copa de hipocondrías donde beben mis apenadas lágrimas.
Solo poemas, no leo otra cosa,
ni nada más escribo, ¿para qué?
No creo en nada más, solo en ti y en tu amistad.

Viajan en huracanes de olas y espuma,
viajan en charquitos de destinos,
bajo seudónimos ilusos, nadando un fenómeno océano
hasta caer entre la muchedumbre,
entre gente sólo acostumbrada a su soledad.

Nadie ama, tal vez sí,
yo te amo aunque no lo creas, aunque tú no me ames.
Cubres en conflicto mis palabras, como nieve
mis antiguas súplicas diluidas en vino,
compañera de la angustia,
escucha como repican y chasquean las campanas.

Sígueme porque yo te recojo
como hace el jardinero con sus hojas secas…
no existías, solo subterráneos anhelos
hoy sí y por ello te doy las gracias.

Te agradezco todo,
viendo como emerges desde la costa fría de hielo,
donde fue a pique mi barco,
rosa mía, te envuelve una luz letal y cegadora que ni tú conoces
y cerezos silvestres que hoy cultivo;
permíteme gritarle a ellos que te amo por un día
que por un día soy más feliz que todo el Universo.

‘SEVEN’, 25 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA Y TRES

Saludo a tu cuerpo como frutas nuevas
que recibo como un vino recolectado de tus uvas.

Desde mi cama siento el vaho de tu respiración,
y como mil alfileres incandescentes siento tocarte lejano.

Allí te acercas como tolondras, corderas por el valle
y por las aceras más próximas,
allí te lleva el gondolero con su embarcación de promesas,
de besos mentirosos pero fieles.
Allí me alumbras con velas de cera vieja y derretida.

Estoy alegre de que hoy pueda tocarte,
y me dejes entrar en tu mirada, eternamente como mira el sol
a espigas de trigo tostadas y volteadas por el oleaje del viento,
así tronchan su escote como tú, y lo desvelan, y lo descubren.
Como haces tú con tu vestimenta ajada que me parodia
la ropa hilada por agujas de relojes prudentes,
el martillo que golpea en tu pecho palpitante.

Así te veo, con alas de querubín libertario y acosado.

¡Ah, juega conmigo a ser el oro del alfarero,
déjame que pinte lo que con cincel forjé para ser hombre!
Oh, deja que mi arma sea el pincel y tú mi obra más ambiciosa.
Deja por un segundo que consiga mis duras añoranzas.

Deja que seamos uno solo.

‘SIX’, 24 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA Y DOS

Apenas daba crédito. Contentísimo, corrió a contárselo a sus amigos. El móvil bullía de congratulaciones. Al día siguiente, la reunión con los convocados duró aproximadamente una hora. Una hora de palabrería técnica y conceptos abstractos. El joven deportista aguantó sentado como pudo. Cuando el entrenador acabó su discurso, el chaval se le aproximó con palpable nerviosismo. Las manos deshacían sus bolsillos.

—Míster, gracias por contar conmigo.

—En realidad te necesitamos.

—Entiendo que incluirme en el equipo titular implica que me considera preparado, a la altura del resto.

—Eso lo dice tu ego, no yo.

El joven agachó la cabeza intuyendo su error y la mantuvo aguardando un posible castigo.

—Eres un buen futbolista. Meditarás durante los dos próximos días en la montaña, ese será tu ejercicio preparatorio.

El futbolista asintió con seguridad y sin el menor titubeo recogió las cosas de su taquilla y marchó murmurando la tarea. Durante dos días y dos noches, concentró su energía y profundizó en las palabras del entrenador como las de un maestro espiritual. A primera hora de la mañana tras su estancia, el autobús del equipo pasó a recogerle y se trasladó junto con el resto de compañeros en el hotel donde aguardaban concentrados. Desde allí marcharon juntos al estadio e hicieron ejercicios de calentamiento y estiramiento, trabajaron el pase corto, los ciclos y juegos con los pies. Una vez dio comienzo el partido, la muchedumbre aclamó el evento como en un circo romano. Pero ocurrió que la estrella del equipo, aquel que copaba todas las portadas de la prensa deportiva, ofreció un espectáculo lamentable, un entuerto desafortunado donde apenas mantuvo la posesión y perdió multitud de ocasiones de gol. Por el contrario, el novato debutó con asombrosa solvencia, recuperó una gran cantidad de balones y hasta anotó un tanto en la segunda mitad del encuentro. Fue un momento estelar, a pedir de boca, mientras el público se preguntaba qué le habría podido suceder al famoso delantero. Al finalizar el partido, algunos se duchaban en los vestuarios, otros atendían a los periodistas, pero el joven deportista se acercó al entrenador con palmaria convicción:

—Míster, la estrella no ha brillado con fuerza, ¿eh? – Pronunció con gesto camarada pero instalando cierta sarna en las palabras. Tragó saliva y recuperó aliento.

—No ha jugado él, ha sido su ego. – Replicó el entrenador con solemnidad.

—Bueno, supongo que esto responde a mi pregunta; ya estoy preparado para entrar en el equipo titular.

El instructor revisó de arriba abajo al joven. Tomó un tiempo para escoger las palabras y con evidente desprecio le escupió: —Quién, ¿¡TÚ!? ¿Un canterano?

CINCUENTA Y UNO

Galopa la yegua pisando su hálito.
Hembra muda de amor,
levanta tus brazos más allá de donde nace la lluvia,
más allá del cerro donde aletean los ruiseñores.

El gitano viaja en su caravana
también la gitana,
un vals bailamos: quiero enseñarte a bailar todo lo que exista…
Quiero que salgas de tu cascarón
así yo te daré mi cinturón de abrazos púrpura.

“Tagore me enseñó a aprecia contigo el ocaso,
Shakespeare me enseñó a observarte, doncella mía,
Machado y Hernández, a cuidarte
y Quevedo me recordó como odiarte y fantasear
pero ninguno de ellos me dijo
una cosa que solo tú conoces como nadie
y es el amor,
del que Bécquer tanto habló”.

Las aguas del río cantan conmigo que tu belleza es veneno,
es una posesión tóxica que invade mis venas y mis huesos.
Tu sonrisa anula mi mente…
mi anhelado pensamiento de pasión y locura.
Eres mi amiga ausente y delgada como los abismos,
estás en la boca de las cuevas, en mis ventanas
escrito tu nombre en un anillo de novios
pareciendo falsamente inquebrantable.

‘FIVE’, 23 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

CINCUENTA

Para que sepas de donde vengo
quiero hacer una columna de letras en el humo del limbo
señales cruzadas que acaricien tu piel.

Te llamé desde el puerto del marinero con el ancla echada,
en luna llena lloraron los ángeles sobre la cubierta de mi alma.

Tu rostro es pálido, más que este lucero de plata
en una tela bruna y azul donde se pintan fracciones de acero
blancas y luminosas como los destellantes humores de tus labios,
brasas estivales que danzan y llamean ante mi cuello.

Eres una mujer hermosa
amapola en la primavera…
una espalda fémina unida a una suave cintura.
No podría permitirme dejarte,
no podría dejar de amar tu mirada esmeralda
aunque te escapes al final del mundo, más allá del poniente.

Porque tu me diste la vida, dialéctica madre,
y curaste mi descosido espíritu, errante e incrédulo,
cicatrizando también un corazón
atravesado por una bandada de lanzas oxidadas del Cupido…
y ensordecido por un campanario inmenso.

‘FOUR’, 22 de diciembre de 2002, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.