SETENTA Y SIETE

por Israel Fdez

Si no hablas,
llenaré mi corazón de tu silencio
y lo guardaré conmigo.
Y esperaré quieto,
como la noche en su desvelo estrellado,
que pacientemente se posa.

Vendrá sin duda la mañana
y se desvanecerá la sombra.

Y tu voz se derramará
por todo el cielo
en arroyos de oro.
Y tus palabras volarán
cantando
de cada uno de mis nidos.
Y tus melodías estallarán en flores
por mis profusas enramadas.

“A cada uno Dios nos guía
por una blanca vereda.
Y desnudos todavía,
partimos. ¿Quién, quién se queda?”

No voltean las campanas
o allá lejos,
cerca de las orillas de la tempestad
o del cementerio.
Lejos, lejos, lejos.
Aguardas, blanca es la aurora
vas llena de pensamiento
mi ídolo dormido marcha
¡corre, corre en silencio!
Risueña, lejana insensata
padeces un sueño eterno,
la luna (descalza) ignora tu fruto
reposa la noche en tu lecho.

En un monte de ansia ardiente
incubada lloras, sin velo,
próxima a las rocas bruscas
donde resuena el hondo eco.

Allí,
tan lejos,
vives sin sol y sin agua
vives de ciegos reflejos.
Vendrá sin duda a salvarte
quien permita tu voluntad y tu cuerpo.

Tus penas anublan las alegrías
comparable al remordimiento,
te sientes sola: errática rosa
que siega la hoz del tiempo.

Sopla, cerca de los tímidos cipreses
el aroma mortal del viento.
Sopla lejos, lejos, lejos…
Muy lejos,
tan lejos…

La opaca sombra traspasa
el monte, el valle, el cerro,
el precipicio o el otero
donde se acerca al poblado el lobo
para ahuyentar con el miedo
y provocar un frío helado
como el que hoy yo siento. Lejos.

A través de copas de robles
se pinta un perenne obsequio
las fugaces risas nocturnas
vertidas en callejones estrechos
imponen su sello de soledad
imponen su anhelado beso,
descansa en la alcoba
solo solito el cuerpo. Lejos.

¿Dónde estás
que casi no te recuerdo?
Se ausenta la magia nuestra
como un espectáculo maestro,
ni la presencia viva del hueco
que has dejado implorándote
me mira,
¿Qué has desparramado en sosiego?

Versos huérfanos, vestidos de harapos
lejos, lejos se van muriendo,
cruel juego en mi mente
arlequín de mi parlamento,
de mi pavoroso monólogo
que escribo con inmortal desasosiego
y con transitorio recelo.

Si te vuelvo a ver
tendré todo cuanto quiero,
mi religión, mi patria, mi ley,
por un segundo más, vendo,
solo tenerte en mis brazos respirando
y viviré para siempre a tu encuentro.
¡Culpable veneno embriagador
peor que el vino más viejo!

Lejos, lejos, lejos,
ni nostalgia ni melancolía,
ni memoria desagradecida,
solo lánguida lejanía.

Como una apagada tea infinita,
reposa el día, taciturno y yerto.

Y susurra el olvido su cadencia,
y expira suave el tiempo.

Sembraba en tu palma suspiros blancos,
trémulas perlas de cristal, de hielo,
marchaste como el aullido de un tren…
¡Cosas que el corazón añora en duelo!

¡Promesas de una mujer, esperanzas,
tardías horas impresas de invierno,
secretos de pasión, sonrisas de ángel
extraviados “te quieros”!

Pondré en tu lengua poemas cantados
pondré en tu aura el grito de mi texto;
cartas ayer escritas, sin noticia,
de pensador trasnochado, sin credo.

‘TWENTY NINE’, 16 de enero de 2003, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

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