SESENTA Y NUEVE

por Israel Fdez

Todo es nada
todo mortal…
un rayo es la vida
allá choca la centella
con el campanario.
Ando muerto,
ando llorando.

Un grito ahogado
en el vapor de mi soledad
se clava discordante, en tropel
por las protuberancias, de mi ser.

Una muralla,
mide el cielo cárdeno [limitándolo]
solo la tez de mi pesadumbre
asfixia la ciénaga, de amargas cadenas.

La sala estaba sellada por el silencio,
lúgubre,
descansa acaso la voz
que tantas mal miradas tuvo, do quejumbra.
Aún no te has ido y ya siento tu ausencia
el café donde nos vimos por primera vez
ya no existe.
Feneció.

No creo en Dios,
porque tú eres mi fe.
Nada crece su nacimiento, ni perdura.
Guerra por nada, como siempre.

Mi último verso de poeta…
¿taciturno y melancólico? No, exasperante.
“Antes que viajero fui persona”
– quizá.

¿Cuántos te quieren más que yo? ¿Lo sabes acaso?
¿A dónde vas?
A donde mis besos suspiren al mar.
¿Buscarte podré?
En donde mi pupila no refleje tu pupila jamás.
Si no me lo dices… [no podré saberlo]
Nadie sabrá que éste es mi poema final.

¡Una estrella!
¿Quién podrá cogerla? Tan pequeña…
Tú puedes.
Quédatela.
Sabes que yo te la regalaría
si acaso la cogiera
dártela, te la daría, y la Luna también,
te lo aseguro.
Te arropan tus horas quiméricas
“sepulcran” las mías.
Tristeza,
bajo las sábanas de mi lecho.
Confundida, traicioneros son los lobos
no lo entiendes, amar no puedes
mi aura prohibida
solo mía es, solo mía, de nadie más.
¿a robármela vienes? Porqué, no lo se.

¿Loco yo?
Imprudente de huellas inapeables.
En tu mano sembrada estupidez, [por] mi ceguera
y dulce a veces la sangre…

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Cascabel de roca
resuena en mi calavera.

Guardo aquella tarde de vaho y cenizas
se evapora en el cielo infinito
aleteando como mariposas de algodón,
te quiero,
te cantaba fijo en melodía
tan poco dura lo bueno, tan poco ríe la vida…

A veces… la ventana por donde miro
es nublada por mi aliento,
tapándome la poca visión.
Recuerdo una voz amiga,
recuerdo una mano hermana
recuerdo contar estrellas y ver fotos viejas,
cerca del Paseo Marítimo, la blanda brisa costera,
el húmedo susurro por el puerto de los regazos [inmenso reposo]
y gaviotas hablando mientras las olas nos vigilaban;
y sirenas acompasadas sobre nuestro caminar
en columnas de humo, salpicándonos
hoy todo muere, oxidada la lanza de amor.

Hoy no es ayer, ni mañana.

Quisiera decorar mis últimos versos
mas no escribiré,
ya nada es lo mismo que antes parecía
y a lo lejos se pierde desmadejado mi recuerdo,
a veces arañando en las olas
acariciando la nieve
haciéndola crujir,
tal vez no te alejes nunca, tal vez;
como antes de mis besos, eras de otro,
así rodará una vez más tu boca, cueva de miel.

Ya lo sabes todo, yo nada supe.
Un secreto para ti,
mi último secreto
porque me estoy muriendo.

‘TWENTY ONE’, 8 de enero de 2003, publicado originalmente para el blog ‘El Constante Devenir‘.

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